domingo, 3 de junio de 2012

Mujeres fatales




Su cinematográfico escape del centro de rehabilitación de menores de Trujillo atrajo los reflectores de toda la prensa nacional. ‘Gringasho’, el presunto sicario de 17 años, había fugado espectacularmente de la ex Floresta, en medio de disparos y su paradero era un misterio para las autoridades. Mientras tanto, los diarios populares alimentaban la leyenda del menor con cara de niño al que se le atribuían varios asesinatos a sangre fría. Y quizá el tristemente célebre delincuente juvenil hubiera seguido gozando de su libertad, si no fuera por las fuerzas indomables del amor. El muchacho, no dudó un instante en viajar a Lima para reencontrarse con Jazmín Marquina Cáceres, una guapa estudiante universitaria con la que mantenía una relación sentimental. 
El caso de este precoz delincuente es uno de los tantos ejemplos en los que el amor a una fémina provocó la desgracia de los galanes de turno. Esta crónica es un breve pero suculento repaso de las historias de ‘mujeres fatales’ que, de manera directa o indirecta, provocaron la caída de políticos, reyes, gángsters, artistas, además de otros aspectos relacionados con la seducción.
Atendiendo a la Biblia, la primera historia de seducción fatal fue la de nuestros primeros padres Adán y Eva. Ambos eran inmortales, dueños del paraíso, andaban desnudos y no tenían que trabajar, pues todos los frutos estaban a su disposición en ese jardín edénico. Dios les había puesto única condición: que jamás de los jamases probaran del árbol de la ciencia del bien y del mal, advirtiéndoles que si lo hacían, morirían. Serpiente mediante, Eva fue convencida de que al probar el fruto tendrían la sabiduría de Jehová.  “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”. (Génesis 3:6). El resto de la historia ya la conocemos: ambos amantes fueron expulsados del paraíso, obligados a trabajar, tener una vida mortal y a ganarse los frejoles con el sudor de su trabajo.

Los pelos de Sansón
 Otro personaje bíblico que cayó en desgracia gracias a los encantos de una fémina fue el forzudo y libertino Sansón, juez israelita que mantuvo a raya a sus enemigos filisteos merced a su fuerza sobrenatural (Para muestra un botón: eliminó a mil filisteos utilizando como única arma una quijada de asno). Todo iba bien hasta que conoció a la hermosa Dalila, una filistea que intentó por todos los medios arrancarle el secreto de sus súper poderes.
Al principio él le respondió con mentiras, pero finalmente le reveló que si se le cortaba la cabellera, perdería su vigor y sería como todos los otros hombres. Dalila vendió su secreto a los filisteos. Éstos le cortaron el cabello mientras dormía y lo prendieron con facilidad. Le arrancaron los ojos y lo llevaron al templo de Dagón, dios de los filisteos y organizaron una gran fiesta. En un último esfuerzo y rogando a Jehová, Sansón derribó las columnas a las que estaba atado y derrumbó el edificio matando a 3 mil filisteos. (Jue. 16:1-31).

La dama de Troya
La Iliada hubiera sido un cuento de hadas, de no haber sido por la bella Helena, quien, bajo los artilugios de Afrodita, dejó a su marido Menelao con los crespos hechos para huir con el joven Paris, provocando la guerra de Troya.
Según los mitógrafos, Afrodita provocó que Helena se enamorase de Paris y huyeron los dos de Esparta junto con el tesoro de Helena, mientras Menelao se encontraba aún en Creta. Se unieron por vez primera en una isla de localización incierta llamada Cranáe. Lo cierto es que Menelao, acompañado por una gran coalición de ejércitos comandados por los antiguos pretendientes de Helena y otros caudillos aqueos zarpó hacia Troya en busca de su esposa. La guerra estaba declarada.

La espía que me amó
En 1963, John Profumo era ministro de Guerra británico. Aparentemente su carrera política iba sobre rieles: era un hombre conservador, respetado y casado con la bella actriz Valerie Hobson. Pocos sabían, sin embargo, que el poderoso político mantenía una relación sentimental con la prostituta de lujo Christine Keeler. El escándalo no hubiera llegado a mayores, a no ser porque la chica también era amante de Eugene Ivanov, agregado militar de la embajada rusa. En este compleja trama, Keeler había sido utilizada por su proxeneta, Stephen Ward, para robarle información al ministro y vendérsela a los rusos. El político tuvo que dimitir; el militar ruso volvió a su país; la chica se hizo famosa contando su historia y Mr. Ward apareció muerto. Sin embargo, tras su renuncia, el cuestionado político buscó la redención y  dedicó el resto de su vida al trabajo social en las zonas menos favorecidas de Londres.

Ruby y Il Cavalieri
Silvio Berlusconi,  con sus 73 años y cinco hijos, manejaba un imperio empresarial, incluidos varios médicos de comunicación, que según la revista Forbes asciende a 9.000 millones de dólares.
Obsesionado por vestir y lucir bien, el carismático primer ministro italiano gobernó su país durante varios años, acumulando una serie de escándalos sexuales que lo pusieron al filo de la navaja. Pero el tiro de gracia llegó con la acusación de la prostituta marroquí Ruby Robacorazones, llamada en realidad Karima El Magoud, quien era menor de edad cuando se relacionó con Berlusconi y quien según confesión de parte estuvo al menos ocho veces entre febrero y mayo de 2010 en la mansión de Berlusconi.
La joven señaló a los fiscales que a cambio de las prestaciones sexuales, las jóvenes recibían, según la acusación, dinero en metálico y la posibilidad de vivir gratis en varios apartamentos de un edificio de la urbanización Milano Due, construida por Berlusconi en los años setenta.
Antes de que estallara el escándalo, Berlusconi, desesperado, le habría dicho a Ruby: "Te doy lo que quieras. Te cubro de oro, pero lo importante es que escondas todo, que no digas nada a nadie..."
Berlusconi se vio obligado a marcharse del poder y enfrenta cuatro procesos abiertos por delitos sexuales en la Fiscalía.

Clinton y Lewinsky
Agosto de 1998. El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, aparece ante las cámaras de televisión y confiesa que mantuvo “una relación física inapropiada” con Mónica Lewinsky, una joven becaria de 25 años que trabajaba en la Casa Blanca.
En su breve discurso ante los televidentes asume su completa responsabilidad, dijo que su comportamiento con Lewinsky fue erróneo y se autoinculpó de haber traicionado al pueblo americano y a su esposa.
El escándalo corre como reguero de pólvora en las redes  sociales y pone en vilo la permanencia de Clinton en la presidencia. Siete meses atrás el mismo mandatario había dicho en televisión, sin que le tiemble la mano: “No he tenido relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky... Nunca he obligado a mentir a nadie, nunca”.
El 12 de febrero de 1999 la cámara alta declaró a Clinton "no culpable" del caso Lewinsky, que abarcaba los delitos de perjurio y de obstrucción a la justicia, pero la absolución no lo eximió de una importante perdida de prestigio ante la opinión pública.

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